martes, 14 de septiembre de 2010

LOS POLÍTICOS Y FRANCISCO I MADERO

Hace años, leí "El Príncipe" de Maquiavelo. Si lo entendí como creo que lo escribió, una de las intenciones de Maquiavelo era decir: Los que sean buenas gentes, ni se metan en política. Esta es la razón del título. La mayoría, entendemos como malos, rateros, corruptos (no estoy pasando lista al congreso eh) etc., a los políticos. En definitiva, a veces es más nuestra percepción que la realidad (Aunque a veces también es más la realidad que nuestra percepción).

Cuando se habla de Francisco (Ignacio o Indalecio según algunos) Madero, el bien llamado Apostol de la Revolución, nos damos cuenta de alguien que aspiró a ser político, pero era tan buena gente que, deduzco, eso mismo facilitó su asesinato.

Lo que queda claro, con lo que escribe Maquiavelo y con la realidad, es que los que se dediquen a la política tienen qué tener una dosis de malicia, y si no la tienen, desarrollarla. He ahí la dificultad de que un político sea aceptado por la gente. Pues en este entendido, el político debe tener un equilibrio entre lo que hace y lo que proyecta a la gente. Definitivamente, arma de dos filos, ya que mientras debe de tener cuidado con lo que hace y proyecta, está consciente también de que lo que hace está bajo el escrutinio de sus adversarios, que aprovechan ésto también para crecer, aún a sabiendas, de que ellos mismos lo hacen. Así es, la política no es una empresa estructurada, es un campo de batalla, y los que deciden incurrir en ella, tienen que ir literalmente armados.

¿Y por qué Madero? Pues acorde a su bondad y a sus buenas intenciones, a sabiendas de que Victoriano Huerta era un militar del que había qué desconfiar, lo tuvo a su servicio. Huerta era destacado, inteligente, pero venía de la estructura de Porfirio Díaz, que en parte también tenía sus reservas hacia él. Los cercanos a Madero también desconfiaban de Huerta. Con todo, Madero le otorgó el beneficio de la duda, siéndole útil, pasó por alto las advertencias. Y ya conocemos el resultado, fue asesinado y traicionado. A partir de entonces, el militar destacado y reconocido, trascendió a la historia como "El Traidor y El Usurpador".

Razones tuvo Madero para tener en su gabinete a este personaje. El país estaba hecho una caldera. Se la jugó, y resulta que la traición de Huerta fué lo que desató la verdadera revolución. Ya Díaz había quedado fuera de la escena. Ya Madero había tomado la presidencia. No se hubieran perdido tantas vidas de no ser por los afanes de Huerta.

En el escenario actual, y porque el laboratorio de la historia nos lo dice; la actividad política es una verdadera maraña. Los que nos hemos mantenido al margen de esta maraña, muchas veces externamos nuestra opinión a la ligera de lo que es un político. En gran parte comulgo con Maquiavelo en la descripción del perfil del ser y actuar de un político; de cómo debe forjar su entorno y hacerse de allegados. Aplica aquí aquella frase de: Alguien debe hacer el trabajo sucio.

Analícenlo. Los políticos, entre más alto lleguen, más responsabilidades tienen. Tienen en sus decisiones el destino de mucha gente, literalmente hasta la vida de ciertas personas. Ante el cúmulo de decisiones y responsabilidades que tienen qué tomar, no pueden darse el lujo de ser timoratos y débiles. En otras palabras, se doblegan y se los tragan.

Por esta causa, cuando nos encontramos políticos con buena imagen, nos convencen. Quién sabe lo que hacen, quién sabe por qué tendrán tantos detractores, pero es un hecho que algo hacen y que buscan no se sepa. Su acierto, es haber encontrado el equilibrio; claro, aunado a sus propias virtudes.

Lo que retrata más a los políticos a los que nos hemos acostrumbrado, es que cuando acaba la gestión de un político en equis puesto, de inmediato lo calificamos como: Pues nada más robó, y no hizo nada; y hallándonos ante uno bueno, la primera opinión de la gente es: pues sí robó, pero hizo.

Como ya dije, hay mucha tela de dónde cortar, y mis tijeras apenas están agarrando filo.

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